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domingo, noviembre 22, 2009

El Valle de los Huesos Secos


Y por cierto secos en gran manera.

Ezequiel 37:2

Por Michael Clark

(Traducido por Jorge A. Bozzano)

¿Ha atravesado usted alguna vez un periodo de sequedad espiritual donde los cielos son de bronce y sus oraciones parecen caer de sus labios y chocar contra el piso? Bien, muchos de nosotros sí lo hemos pasado, y yo en particular pasé a través de uno que duró catorce años. Fue un tiempo en el cual no importaba que hacía para obtener un “experiencia cristiana”, nada funcionaba. Orar no daba resultados, tener comunión era raro y cuando lo hacía era tan muerto como un mármol. Ir a los cultos solo empeoraba el asunto. Todos los demás levantaban sus manos y aplaudían y pasaban un tiempo maravilloso, y ahí estaba yo sentado preguntándome porqué estaban todos tan emocionados y contentos. Cuanto más felices estaban, peor me sentía yo, porque yo estaba completamente desconectado de todo eso. El Señor dejó de hablarme a través de mis esforzados estudios en la Biblia y dejé de oír Su voz del todo.

Así que después de muchos años de esto me empecé a identificar con el valle de los huesos secos de Ezequiel capítulo 37. Vi una frase en el segundo versículo que parecía perseguirme: “…y por cierto, secos en gran manera”. Me preguntaba porqué el Señor le mostró que los huesos estaban muy secos. ¿Que tenía de malo que estuvieran simplemente secos? Un hueso seco está tan muerto como uno muy seco, ¿no es verdad? Clamé: “Dios, sé que me estás secando, ¡pero ya es suficiente! ¿Vas a ir más allá de mi estado actual y dejarme en este desierto cautivo hasta que esté muy seco? Después de unos cuantos años más de esta sequedad, la respuesta se volvió muy obvia.

Cuando ya estaba más o menos en el año decimocuarto, mi cuñado (un

predicador Bautista) me llevó a un viaje de pesca al inmaculado río Saint Joe al norte de Idaho. Era un hermoso día soleado mientras conducíamos en su camioneta y parábamos por el río, primero pescando en un lugar, luego volviendo a la camioneta y manejábamos unos kilómetros y pescábamos de vuelta. La pesca fue buena, si bien pescábamos y volvíamos a arrojar los peces al agua. Cerca del final de una de nuestras paradas de pesca, miré hacia abajo mientras iba caminando de vuelta hacia la camioneta y vi sobre las rocas el hueso de la pierna de un animal secándose. Estaba seco al tocar y se empezaba a blanquear, así que lo levanté y lo llevé conmigo a la camioneta. Una vez ahí, lo puse sobre el tablero para poder relacionarme con ese hueso, porque parecía que hablaba de mi y donde había estado por años. Pensé en llevarlo a casa y colgarlo sobre mi pared. Casi sentí un parentesco con ese pobre hueso seco.

Mientras conducíamos de vuelta, el parabrisas empezó a empañarse ya que nuestras ropas estaban mojadas debido a la pesca, así que mi cuñado prendió el desempañador. Al rato él me miró y me dijo: “¿Pisaste algo?”. Miré la suela de mi zapato y le aseguré que no era yo el causante de ese olor. Hizo lo mismo y tampoco era él. Entonces miré el tablero y un oscuro líquido fluía de una de las puntas del hueso mientras estaba ahí cerca del ventilador del desempañador. Era ese viejo hueso el que producía ese olor. ¡Así que lo tiré por la ventana! Limpiamos el podrido líquido medular y también tiramos los papeles con los cuales lo limpiamos.

Durante unos dos meses me pregunté el significado de aquello. Entonces un día el Señor habló y me dijo: “¿Sabes por qué los huesos deben estar muy secos?” Mi hueso estaba seco por fuera cuando uno lo tocaba, pero aun estaba “húmedo” por dentro porque la médula aun se estaba pudriendo. Jesús dijo:

“La vida está en la sangre”, y la sangre se produce en la médula. Esa médula que alguna vez produjo vida en este hueso estaba ahora alimentado la vida de las bacterias y produciendo olor cuando se prendió la calefacción.

Un rápido estudio a través de la Biblia hace obvio que muchos de aquellos usados por Dios para hacer su voluntad de una gran manera, tuvieron que pasar primero por un período de desierto o cautividad. Allí estuvo David en su cueva durante el período de Adulam, después de haber estado alojado en el palacio del Rey Saúl. Allí estuvo José, perseguido y casi asesinado por sus propios hermanos, vendido por ellos a esclavitud, llevado a Egipto, hecho esclavo de Potifar, casi violado por la esposa de éste y luego echado en la prisión de Faraón por muchos años por resistirse a los avances de esta mujer. Muchos años después Moisés rehusó comer de la mesa del Faraón y terminó en sus propios cuarenta años en el desierto, después tuvo que pasar otros cuarenta años luchando contra la rebelión de los Israelitas en el desierto. Juan el bautista pasó casi toda su vida en el desierto solo para terminar en la prisión de Herodes con su cabeza cortada y llevada a una fiesta en una bandeja. Esto da un completo nuevo sentido al versículo “El don del hombre le ensancha el camino, y le lleva delante de los grandes”. (Prov. 18:16)

Jesús fue guiado por el Espíritu al desierto para ser probado durante cuarenta días. El fue un estudiante rápido. Pablo pasó tres años en el desierto de Arabia después de su encuentro con Jesús en su ruta a Damasco. Un total de veintiún años pasaron antes que el Señor hable a os santos de Antioquía de separar a Pablo y Bernabé para su viaje misionero. Después de estudiar la vida de los santos, A. W. Tozer concluyó que Dios estaba más interesado en la preparación del hombre debido a lo que podía obtener de él luego.

La vida está en la sangre y la sangre obtiene su vida de la médula. La vida natural del hombre y su fuente natural deben estar completamente secas antes que el poder de la sangre de Cristo pueda traer la nueva vida interior a plenitud. Jesús dijo a sus discípulos: “La carne para nada aprovecha”.

Debemos andar por el Espíritu, no en la carne, y hay una guerra entre nuestra carne y el Espíritu de Dios que nos invade. Dios tiene herramientas para debilitar y anular nuestro hombre natural, y nos pide que le demos autoridad sobre nuestras vidas para que él pueda obrar esto. La cruz personal y el desierto son sus herramientas principales.

Si El solo nos secara hasta que estemos secos a toda apariencia externa, vendrá el tiempo cuando se prenda el fuego bajo nuestro y podremos probar que no somos nada más que sepulcros blanqueados llenos de huesos de muertos. Muchos de los ministerios más encumbrados han sido derrumbados por Satanás porque los hombres todavía tenían su vieja vida carnal viviendo dentro de ellos. No, los huesos deben volverse muy secos para que Dios los levante y cause que Su vida sea libremente manifestada en ellos. Sea fiel en dejar que El haga esa profunda obra dentro suyo, tan profunda que otros vean solo la vida de Su Hijo en ustedes.



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