jueves, julio 02, 2009

¿El Templo de Dios o los templos de los hombres?


A lo largo de los tiempos, los hombres siempre se han sentido empujados a construir una casa para Dios, el Dios que creó el universo. Incluso cuando Moisés y Elías se manifestaron para servir a Jesús en el monte de la transfiguración, lo primero que dijo Pedro fue: “bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías.” (Mateo 17:4) .

Pedro quería capturar el momento, encerrándolo en las obras de sus propias manos. Sin embargo, lo que parecía “bueno” para Pedro, era de poco interés para Dios. Como veremos, La respuesta de Pedro a este evento glorioso es la respuesta típica del hombre cada vez que Dios se mueve en la tierra. Casi sin excepción, alguien salta diciendo, “Bueno es para nosotros que estemos aquí… HAGAMOS aquí…” De este modo, una hueste de templos ha cubierto la estela de la reforma, cada uno construido sobre alguna experiencia de montaña. Estos templos permanecen como un testimonio de la tendencia humana a progresar con Dios solo un poquito, y después, a construir—afirmarse en un mover previo de Dios a costa de la verdad del presente.

Trágicamente, lo que los hombres construyen con frecuencia sirve como un ancla que marca el fin del progreso y el comienzo de una lucha por defender las instituciones fijas y la marca única de la ortodoxia en contra de todo aquello que pretenda avanzar hacia delante. Dios no fue impresionado con el nuevo programa de obras públicas de Pedro. Él respondió desde los cielos, “Este es Mi Hijo amado, en quién tengo complacencia. ¡A Él oíd!” ¿Construir una casa para Dios, para Sus profetas, o para Su Hijo? ¡El Dios que es omnipresente! ¿De dónde sacaron los hombres esa idea?

Como podremos ver, ¡No fue de Dios!

Queridos amigos/hermanos, hemos sido llamados a las cosas mejores como esos peregrinos y extranjeros que menciona Hebreos 11, que no miraban atrás sino que esperaban en fe un país MEJOR. Rehusaron considerar el país de donde habían salido. Podrían haberse vuelto y haber vivido cómodamente, pero en lugar de eso esperaron en fe un país celestial. También debemos aprender a poner nuestros deseos en un país MEJOR, una ciudad celestial. Se necesita fe para aceptar la COSA NUEVA de Dios. Somos llamados a un cambio progresivo, de gloria en gloria, y eso exige ser moldeables en Sus manos y entregados a Su continua formación y renovación. Tenemos que estar listos siempre para soltar lo de ayer y abrazar lo de hoy. El maná del ayer no puede sostenernos hoy; solo era bueno para ayer. Mira, AHORA es el tiempo aceptable; mira, AHORA, en el presente, es el día de la salvación. AHORA, hoy, ÉL da el pan diario. No podemos aferrarnos a lo viejo y abrazar lo nuevo al mismo tiempo. Si estamos aferrándonos a ambas cosas, añadiremos lo nuevo a lo viejo, intentando contener lo nuevo en lo viejo y soltando ambos.

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